El historiador, de 80 años de edad, oriundo de Michoacán, pero radicado en Chetumal desde el 18 de junio de 1960, recordó diversas anécdotas de los años 60 y 70, como la de “Doña Gertrudis”, “El hombre de lata” y “El comandante”, así como la de “El Encebado”.

Sentado cómodamente en una silla de madera que para él tiene incalculable valor sentimental, en un sector de su casa, con libros, fotografías, pinturas de su propia autoría y múltiples escritores y artistas, así como con infinidad de esculturas, recordó que a su llegada a la capital, tras el paso devastador del huracán “Janet”, la ciudad no había evolucionado tanto, seguía siendo, en su mayoría, de casas de madera, aunque ya empezaba el auge de las construcciones de mampostería.

Doña Gertrudis

Era la típica mujer de la península, morena, delgada, con peculiar estilo de conversación, simpática, lo que contaba tenía algo de verdad, pero también mucha fantasía, era incoherente lo que decía, se le vio como un personaje muy familiar.

La mujer perdió uno o dos hijos, quienes estaban recluidos en la penitenciaría del territorio, pero nunca supo que ya habían fallecido. Todos los días les llevaba una caja de cartón con pan, café y comida, sin saber que ya no existían la dejaba en la barda y el “sombra azul”, conocido luchador de la localidad, tenía la consigna de recoger lo que la mujer dejaba y devolver la caja vacía sobre la barda”.

Indicó que “Doña Gertrudis” también visitaba el Comité Administrador del Programa Federal de Construcción de Escuelas (Capfce), lo que actualmente es el Instituto de Infraestructura Física Educativa del Estado de Quintana Roo (Ifeqroo), donde manifestaba que a su casa se la estaban comiendo los dragones. El problema era que su vivienda, ubicada en la avenida Independencia, actualmente frente al hotel Fiesta Inn, estaba sobre cavernas y en ocasiones veía una lagartija y decía que eran dragones, pero sólo quería ser escuchada y que le dieran una solución; con el paso de los años fue absorbida por el crecimiento de la ciudad.

Comandante

En uno de esos reportes, alguna vez leyeron que tal avión a tales horas volaba muy bajo sobre la ciudad y consideró que podría significar un peligro.

Realmente no estaba tan perdido, se investigó y efectivamente, un piloto aviador que andaba enamorando a una de las Handall, para impresionar, planeaba muy bajo sobre su casa, justamente donde estaba el comandante; se tomó cartas en el asunto y se corrigió, intenté contactarlo para conseguir sus anotaciones, pero nunca le pude sacar nada.

Don Francisco recordó que a su llegada la fisonomía de la capital ya era muy semejante a la actual, con calles amplias y camellón al centro, el primer cuadro de la ciudad ha cambiado relativamente poco; Chetumal terminaba hacia el oeste, a la altura de la gasolinera “Handall”, sobre la avenida Álvaro Obregón; hacia el norte, donde se ubicaba la Comisión Federal de Electricidad, actualmente el Museo de la Cultura Maya, exactamente ahí iniciaba la brecha hacia Calderitas.

El encebado

“Chetumal es muy dado a las fábulas y los mitos, entre estos también me encontré la historia de El Encebado, el equivalente a los vándalos de ahora que salen en la noche a robar, pero este tenía cierta habilidad: se le ocurrió engrasarse todo el cuerpo y andaba sin ropa, porque pensó que con prendas para vestir era más fácil que lo atraparan, pero fueron robos ´light´, comparados con la actualidad”, comentó.

El hombre de lata

Este fue un singular personaje que alguna vez entró a un rancho conocido en ese entonces como “Juan Luis”, donde actualmente está la Universidad de Quintana Roo, a robar unos cocos, pero el dueño, un tal “Montalvo”, sin ser comprobado, se dice que le disparó, no se sabe si de manera directa o al aire, pero lo espantó tanto que quedó mal de la cabeza.

“A partir de este hecho se quiso proteger e hizo una especie de cabaña india con unos troncos, lo forraba con palmera y láminas, y con eso se movía por las calles de Chetumal, siempre ahí vivió, fue muy familiar, tampoco supe su nombre”.